Uno: La más blanca de todas las lunas, lugar equivocado.
Se había quedado dormida sobre el teclado. Cuando la cálida luz de su escritorio le picó en los ojos, obligándole a restregárselos, sintió frío de pronto; claro, la ventana estaba abierta lo suficiente como para dejar entrar el frío de esa noche otoñal, algo cortante y molesto, aunque no más molesto que la misma luz del escritorio, que brillaba cálida y de matiz amarillento. Ella ni siquiera reparó en el detalle, ya que la luz le hería en verdad sus ojos curiosamente claros y a la vez oscuros, en un matiz gris que no se decidía si acaso era tirando a plata o si tal vez tiraba a negro. Soltó un bostezo y su nariz se arrugó tenuemente. Miró la hora: No eran apenas ni las cinco de la mañana, lo cual la inquietó. Rápidamente se calzó tacones, deslizó por sus pálidos brazos y hombros un delgado chaleco color crema, colocó sus lentes y bajó aprisa las escaleras, casi desesperada.
El frío de la calle le caló en los huesos, al punto de que le hizo castañear levemente, casi mordiéndose la lengua. Pero bien, tendría motivos de sobra para querer hacerlo después. La luna que se alzaba sobre el cielo negro era tan irrealmente blanca e iluminada que durante varios segundos mantuvo la vista pegada al manto que la cubría, con escasas chispas blancas, un cielo con escasas estrellas, pero inusualmente despejado. Se estremeció, previendo lo que se vendría después, el secreto que ese cielo oscuro, con una única lumbrera, con un único silencioso testigo… El secreto que el cielo se tragaría, una vez el alba pintara de colores celeste y malva aquél cielo nocturno y diera paso al amanecer, un día que empezaría sin más, sin memoria remota de tempestad o desgracia…
Un cielo demasiado silencioso e hipócrita. La idea casi le hizo llorar. ¿Acaso todo iba a terminar allí, de forma tan anónima y callada? ¿Acaso ella, en particular, se merecía tan cruel final? ¿En algo se equivocó?
Soltó un suspiro. Un suspiro cargado de dolor, tristeza… ansia… deseo… Y la idea saltó desbocada de su corazón, como una punzada atiborrada de sensaciones vertiginosas, todas diferentes, todas cambiantes. Una idea no acababa de conectar con la otra y aún así, todo era una red dentro de su cabeza.
Esperó, mas nada. Aún.
Somnámbulamente, sus pasos se dirigieron a la esquina de aquella callejuela, caminaba con la mirada perdida, como si ella esperase la inevitable fatalidad. No, ella no lo esperaba. Buscaba aquél inherente peligro, a sabiendas, sabía que podría esperarle, y aún así, ella asumía el riesgo, sin resistencia o protesta alguna. Solo caminando por ahí, completamente como una estúpida, ausente. No siendo ella. No siendo nadie.
Una silueta se dibujó en la vereda, bajo un farol anaranjado. Ella detuvo el arrastre de sus pies. Le contempló en absoluto silencio. La silueta le devolvió el gesto, pero mientras caminaba sigilosamente hacia donde ella estaba parada. Un apagón dejó como único farol a esa luna blanca, el silencioso testigo…
¿La sangre, por derramarse ya, llegaría al río?
Dos: Presa fácil, jueguito tortuoso.
La respiración se detuvo en su pecho. Instintivamente, cerró los puños hasta herirse las palmas de sus manos con las uñas, cosa que le provocó un escalofrío. Él sonrió, complacido. Ella retrocedió dos pasos, sin quitarle la mirada de encima, con ojos desmesuradamente abiertos, con la pequeña y estrecha garganta ahogando un grito. Acaso, si estúpidamente le buscó ¿Por qué diablos ahora mismo, ante él, se asustaba de ese modo?
Una vez más, tentando a la suerte, avanzó hasta quedar a unos pocos centímetros de él, mirándole inexpresivamente, con la mirada ida. Él suspiró, lleno de algo similar a la culpa, algo similar al remordimiento. Pero casi. No pudo reprimir una fugacidad de sadismo en su mirada, algo que encendió las mejillas de la muchacha parada a escasos centímetros de él. Ella contuvo la respiración. Él esperó el siguiente movimiento.
Ella, plácidamente ofreció sus labios.
Tres: Testigo mudo. Corrupción del alma pura.
Había enloquecido. Fue la única explicación lógica que le pudo cuadrar en la cabeza. Estaba más que loca, chiflada, hecha un lío. Pero no podía hacer más que avanzar, avanzar y avanzar sumisamente hacia su cruel destino. El desconocido sonrió. Ella retrocedió sobre sus pasos, uno, dos. El avanzó, tres, cuatro. Una danza peligrosa, el compás que se repetía al unísono entre los pasos del pavimento y los locos latidos del corazón de la porfiada víctima. Uno, dos. Paso, paso. Tres, cuatro. Pausa. Llanto. La luz regresó. Pero el farol bajo el cual estaba, reventó. Otra vez, la danza aquella, el destino que quedaría marcado ¿Con sangre?
Ella misma caía, ya complacida, en el sanguinario jueguito. Ella estaba enamorada y entregada al obvio peligro. Ella buscó frenéticamente los labios de su agresor. Éste aceptó el beso que marcaba la evidente corrupción del inocente.
Cuatro: Por la boca, muere el pez.
Y concluyó el fatídico beso, con manos ansiosas buscando el calor del cuerpo recíproco, con el deseo fluyendo y el instinto bestial elevado. No, no era momento para “peros”. En este momento, tras el beso fatal… Acababa su vida. Amó a su asesino hasta el último latido de su corazón. En silencio, en secreto…
Y entonces, llegó el alba.
Se había quedado dormida sobre el teclado. Cuando la cálida luz de su escritorio le picó en los ojos, obligándole a restregárselos, sintió frío de pronto; claro, la ventana estaba abierta lo suficiente como para dejar entrar el frío de esa noche otoñal, algo cortante y molesto, aunque no más molesto que la misma luz del escritorio, que brillaba cálida y de matiz amarillento. Ella ni siquiera reparó en el detalle, ya que la luz le hería en verdad sus ojos curiosamente claros y a la vez oscuros, en un matiz gris que no se decidía si acaso era tirando a plata o si tal vez tiraba a negro. Soltó un bostezo y su nariz se arrugó tenuemente. Miró la hora: No eran apenas ni las cinco de la mañana, lo cual la inquietó. Rápidamente se calzó tacones, deslizó por sus pálidos brazos y hombros un delgado chaleco color crema, colocó sus lentes y bajó aprisa las escaleras, casi desesperada.
El frío de la calle le caló en los huesos, al punto de que le hizo castañear levemente, casi mordiéndose la lengua. Pero bien, tendría motivos de sobra para querer hacerlo después. La luna que se alzaba sobre el cielo negro era tan irrealmente blanca e iluminada que durante varios segundos mantuvo la vista pegada al manto que la cubría, con escasas chispas blancas, un cielo con escasas estrellas, pero inusualmente despejado. Se estremeció, previendo lo que se vendría después, el secreto que ese cielo oscuro, con una única lumbrera, con un único silencioso testigo… El secreto que el cielo se tragaría, una vez el alba pintara de colores celeste y malva aquél cielo nocturno y diera paso al amanecer, un día que empezaría sin más, sin memoria remota de tempestad o desgracia…
Un cielo demasiado silencioso e hipócrita. La idea casi le hizo llorar. ¿Acaso todo iba a terminar allí, de forma tan anónima y callada? ¿Acaso ella, en particular, se merecía tan cruel final? ¿En algo se equivocó?
Soltó un suspiro. Un suspiro cargado de dolor, tristeza… ansia… deseo… Y la idea saltó desbocada de su corazón, como una punzada atiborrada de sensaciones vertiginosas, todas diferentes, todas cambiantes. Una idea no acababa de conectar con la otra y aún así, todo era una red dentro de su cabeza.
Esperó, mas nada. Aún.
Somnámbulamente, sus pasos se dirigieron a la esquina de aquella callejuela, caminaba con la mirada perdida, como si ella esperase la inevitable fatalidad. No, ella no lo esperaba. Buscaba aquél inherente peligro, a sabiendas, sabía que podría esperarle, y aún así, ella asumía el riesgo, sin resistencia o protesta alguna. Solo caminando por ahí, completamente como una estúpida, ausente. No siendo ella. No siendo nadie.
Una silueta se dibujó en la vereda, bajo un farol anaranjado. Ella detuvo el arrastre de sus pies. Le contempló en absoluto silencio. La silueta le devolvió el gesto, pero mientras caminaba sigilosamente hacia donde ella estaba parada. Un apagón dejó como único farol a esa luna blanca, el silencioso testigo…
¿La sangre, por derramarse ya, llegaría al río?
Dos: Presa fácil, jueguito tortuoso.
La respiración se detuvo en su pecho. Instintivamente, cerró los puños hasta herirse las palmas de sus manos con las uñas, cosa que le provocó un escalofrío. Él sonrió, complacido. Ella retrocedió dos pasos, sin quitarle la mirada de encima, con ojos desmesuradamente abiertos, con la pequeña y estrecha garganta ahogando un grito. Acaso, si estúpidamente le buscó ¿Por qué diablos ahora mismo, ante él, se asustaba de ese modo?
Una vez más, tentando a la suerte, avanzó hasta quedar a unos pocos centímetros de él, mirándole inexpresivamente, con la mirada ida. Él suspiró, lleno de algo similar a la culpa, algo similar al remordimiento. Pero casi. No pudo reprimir una fugacidad de sadismo en su mirada, algo que encendió las mejillas de la muchacha parada a escasos centímetros de él. Ella contuvo la respiración. Él esperó el siguiente movimiento.
Ella, plácidamente ofreció sus labios.
Tres: Testigo mudo. Corrupción del alma pura.
Había enloquecido. Fue la única explicación lógica que le pudo cuadrar en la cabeza. Estaba más que loca, chiflada, hecha un lío. Pero no podía hacer más que avanzar, avanzar y avanzar sumisamente hacia su cruel destino. El desconocido sonrió. Ella retrocedió sobre sus pasos, uno, dos. El avanzó, tres, cuatro. Una danza peligrosa, el compás que se repetía al unísono entre los pasos del pavimento y los locos latidos del corazón de la porfiada víctima. Uno, dos. Paso, paso. Tres, cuatro. Pausa. Llanto. La luz regresó. Pero el farol bajo el cual estaba, reventó. Otra vez, la danza aquella, el destino que quedaría marcado ¿Con sangre?
Ella misma caía, ya complacida, en el sanguinario jueguito. Ella estaba enamorada y entregada al obvio peligro. Ella buscó frenéticamente los labios de su agresor. Éste aceptó el beso que marcaba la evidente corrupción del inocente.
Cuatro: Por la boca, muere el pez.
Y concluyó el fatídico beso, con manos ansiosas buscando el calor del cuerpo recíproco, con el deseo fluyendo y el instinto bestial elevado. No, no era momento para “peros”. En este momento, tras el beso fatal… Acababa su vida. Amó a su asesino hasta el último latido de su corazón. En silencio, en secreto…
Y entonces, llegó el alba.
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