Y con ojos grandes mira, esconde la cabeza entre sus rodillas y llora. Siente su mano sobre su cabeza y levanta a ver. Él le dedica una sonrisa. Aunque rota, a veces ríe, a veces simplemente ríe por reír, a veces llora y ríe a la vez. Se levanta de su pequeño trono destrozado y camina entre cristales rotos, riendo demencialmente mientras las lágrimas bañan sus calientes mejillas.
Sí, ríe, ríe, ríe porque no se oigan los sollozos que salen de lo profundo de tu alma marchita que trata de abrirse en flor a nuevas experiencias.
Se mueve como ave en jaula de un lado a otro, recogiendo jasmines y algún que otro nomeolvides para hacerse las memorias, las memorias que al cerrar los ojos, serán borradas, desaparecerán como un zurco en el agua, sus manos atrapan la aspereza que otros dejaron en su corazón. Ha sido despojada de su corazón y sólo ha quedado un sucio trasto, se ha olvidado la sonrisa y aunque ría, su alma llora y llora sin encontrar consuelo, sin esperanzas. Quizá si alguien...
Deja de construír coronas de flores entre fierros y pide un deseo. Alguien llega, la mira y ella sonríe. Y a esta llegada, aunque a veces ríe, seguirá estando rota. Anda, desconocido y dale un bálsamo para sus heridas, dale un pañuelo para que seque sus eternas lágrimas. Necesitaríamos un corazón del tamaño del sol para hacer caber sus sentimientos. No, no, la amabilidad puede ser dolorosa si no se transmite con cuidado, si se da una dosis repentina, puede terminar de destrozar aquel trasto que tiene por corazón. Nada más mirar esos grandes ojos que piden que sigan alimentando esa ilusión.
Y aunque rota... su corazón vuelve trozo por trozo. En la cima amó, en el abismo lloró, en el abismo rió y en la tierra ha de volver a amar, seguramente, definitivamente.

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