Ni por todas las tundas del mundo
No le cupo en la cabeza hallarla como la halló. Siempre había sentido cierto temor o respeto contra esa trigueña altanera y explosiva, ahora la veía sentada sobre un catre, llena de heridas, con las piernas fracturadas y llorando con el rostro entre sus manos lastimadas. Supo reconocer que no era por el inmenso dolor de su maltratado cuerpo, era algo más... fuerte. Aún traía algo de sangre entre sus cabellos castaños, pero ese llanto... ella no estaba preocupada de sí misma, sino de su gente, a cada rato recibía reportes de que la cosa se iba poniendo color de hormiga, sabía perfectamente en qué estaba su amado terruño.
Nunca la había visto así antes, ni aún cuando era una niña, siempre la veía como la chiquilla rebelde y contestadora, prácticamente llegando a ser insolente y grosera. Pero ahora otra Francisca le era revelada, una más... frágil.
- ¿Pero por qué? - Pataleaba ella - ¡Déjenme ir a verlos! ¡Necesito saber cómo están! - Chilló a un grupo pequeño, que al parecer, eran sus subordinados.
- ¡No puedes! - Le recriminó una mujer adulta. - Tómale el peso, Fran... Mírate como estás, así es imposible que vayas.
- Iré aunque sea a rastras... - Murmuró antes de dejar caer pesadamente su cabeza sobre la almohada, extenuada.
Acto seguido, el grupo de personas se fue de la salita y quedaron sólo él, el rubio pedante con el cual ella se la pasaba discutiendo y él, quien temeroso dudaba si acercarse a la joven o no. Tal vez lo insultaría si le ofrecía ayuda alguna. Quizás no le respondería nada. Vaya con ella, siempre fue igual de terca y orgullosa, pero era una situación demasiado delicada, quizás la chica ahora quisiera ceder a ser ayudada.
- Che Pancha... - Le habló el rubio a ella. - Eh... lo siento... es que... ¿Sabés? Quiero ayudarte y no voy a aceptarte un no por respuesta esta vez.
- Métete tu ayuda en el culo, Martín. - le respondió ella, tajante.
- ¡No seas boluda, Pancha! Mirate como estás... ¿Vos pensás que ésta vez te vengo a joder? No seas pelotuda, te vengo a ayudar.
- ¡No! - Sollozó ella - Sé que puedo yo sola, yo sé... - Luego intentó pararse, pero las varillas en sus pies le recordaron su delicado estado.
Las dos naciones presentes en la sala se apuraron a acostarla de nuevo, pero ella forcejeó otro tanto, hasta darse por vencida y largarse a llorar allí mismo, ante los dos que le miraban sorprendidos.
- Por favor... Francisca... ¿Podés hacer reposo? - El moreno le habló cuidadosamente, estudiando su reacción.
- No quiero... - Volvió a sollozar, terca como siempre
Tanto el argentino como el salvadoreño intercambiaron una mirada silenciosa, comprendiendo que de alguna u otra manera, ella iba a realizar el ferviente deseo de ver a los suyos, cómo habían quedado. Ella les miró seriamente, como esperando que la ayudasen, pero ambos negaron con la cabeza mientras trataban de tranquilizarla.
- Gracias... - Soltó ella con amargo sarcasmo. - De verdad... se pasaron.
- Con vos no hay manera, pelotuda. - El rubio refunfuñó y salió de la sala.
En cambio el moreno se quedó, mordiéndose el labio nervioso y sin saber qué decirle. Los ojos grisáceos de la muchacha prácticamente le atravesaban, haciendo un montón de silenciosas preguntas que él comprendió perfectamente. Llegó a empatizar con ella, llegó a sentir la angustia de la chilena como propia, pero prefirió voltearse para no tener que soportar más tantas preguntas que le hacían esos ojos llenos de lágrimas tras esas empolvadas pestañas.
- Quiero ayudarte. - Dijo secamente él, sin mirarla.
- Humberto, te digo exáctamente lo mismo que le dije al otro imbécil. - Habló obstinadamente.
- Por favor... - Habló casi rogándole
- No. Ni aunque me dieran todas las tundas del mundo voy a ceder. - Chilló.
- ¿Y si te llevo a la zona de desastre? - Negoció.
Dió en el blanco, por dónde podría ir negociando. Durante más de quince minutos se hizo un silencio casi sepulcral en la sala, ella pensaba quietamente la propuesta del centroamericano, allí tenía la oportunidad perfecta, pero debía de preparar su mente para ver lo siguiente, sabía bien que lo que viera la podría dejar peor emocionalmente, pero era mejor corroborar con sus propios ojos.
- Está bien. - Lanzó serenamente ella. O al menos así lo hizo parecer.
- Bien, nos vamos en un rato. Daré aviso, pero... Aceptás la ayuda externa, ¿va?
- Claro. - Dijo más bien agotada.
Dicho y hecho, en dos horas estuvieron en la desolada ciudad de Talca. Aquel paisaje produjo un sentimiento de incomodidad en ambos, pero más en ella, al ver su querida tierra así. Ella reprimió un sentimiento nauseabundo en su garganta y él sólo se lmitó a aclarse la garganta. Respirar era algo pesado, más con todo el polvo en el aire. Siguieron recorriendo, al comienzo él empujaba una silla de ruedas, pero luego, por culpa de tanto escombro, se hacía difícil transitar, así que, para no romper su parte del trato subió a su "hermana" sobre su espalda y siguieron recorriendo la zona, ver a tantos ciudadanos sufriendo le arrancaba el corazón a pedazos a ella. Humberto supo que ella lloraba al sentir que el brazo de ella se ceñía con algo de brusquedad sobre sus hombros y cuando las tibias lágrimas de ella rozaron su cabeza. Decidió dar la media vuelta y regresar a un punto más seguro, justo en un momento de réplica. Ella dejó escapar un gemido ahogado de dolor.
Ese mismo día la llevó de regreso a la capital, en el camino no se dijo palabra alguna, pero no pudo quitar la vista de esos ojos grises, llenos de lágrimas, de esa mano lastimada que amasaba nerviosamente una de las puntas de la bata. De cuando en cuando ella misma se limpiaba las lágrimas que se rodaban por sus mejillas, a veces se escuchaba algún sollozo, pero ella no iba a admitir que estaba llorando. Él suspiró y se limitó a tomarle la mano y a acariciársela, tratando de confortar a esa, ahora, niñita asustada. Ante el gesto ella rompió en amargo llanto, desconsolada, aterrada.
- No sé qué mierda hacer... - Se mordió los rabios, llena de ira
- Lo de siempre, levantarte otra vez... porque a ti ni por todas las tundas del mundo te hacen bajar la cabeza, ¿verdad?
Nunca la había visto así antes, ni aún cuando era una niña, siempre la veía como la chiquilla rebelde y contestadora, prácticamente llegando a ser insolente y grosera. Pero ahora otra Francisca le era revelada, una más... frágil.
- ¿Pero por qué? - Pataleaba ella - ¡Déjenme ir a verlos! ¡Necesito saber cómo están! - Chilló a un grupo pequeño, que al parecer, eran sus subordinados.
- ¡No puedes! - Le recriminó una mujer adulta. - Tómale el peso, Fran... Mírate como estás, así es imposible que vayas.
- Iré aunque sea a rastras... - Murmuró antes de dejar caer pesadamente su cabeza sobre la almohada, extenuada.
Acto seguido, el grupo de personas se fue de la salita y quedaron sólo él, el rubio pedante con el cual ella se la pasaba discutiendo y él, quien temeroso dudaba si acercarse a la joven o no. Tal vez lo insultaría si le ofrecía ayuda alguna. Quizás no le respondería nada. Vaya con ella, siempre fue igual de terca y orgullosa, pero era una situación demasiado delicada, quizás la chica ahora quisiera ceder a ser ayudada.
- Che Pancha... - Le habló el rubio a ella. - Eh... lo siento... es que... ¿Sabés? Quiero ayudarte y no voy a aceptarte un no por respuesta esta vez.
- Métete tu ayuda en el culo, Martín. - le respondió ella, tajante.
- ¡No seas boluda, Pancha! Mirate como estás... ¿Vos pensás que ésta vez te vengo a joder? No seas pelotuda, te vengo a ayudar.
- ¡No! - Sollozó ella - Sé que puedo yo sola, yo sé... - Luego intentó pararse, pero las varillas en sus pies le recordaron su delicado estado.
Las dos naciones presentes en la sala se apuraron a acostarla de nuevo, pero ella forcejeó otro tanto, hasta darse por vencida y largarse a llorar allí mismo, ante los dos que le miraban sorprendidos.
- Por favor... Francisca... ¿Podés hacer reposo? - El moreno le habló cuidadosamente, estudiando su reacción.
- No quiero... - Volvió a sollozar, terca como siempre
Tanto el argentino como el salvadoreño intercambiaron una mirada silenciosa, comprendiendo que de alguna u otra manera, ella iba a realizar el ferviente deseo de ver a los suyos, cómo habían quedado. Ella les miró seriamente, como esperando que la ayudasen, pero ambos negaron con la cabeza mientras trataban de tranquilizarla.
- Gracias... - Soltó ella con amargo sarcasmo. - De verdad... se pasaron.
- Con vos no hay manera, pelotuda. - El rubio refunfuñó y salió de la sala.
En cambio el moreno se quedó, mordiéndose el labio nervioso y sin saber qué decirle. Los ojos grisáceos de la muchacha prácticamente le atravesaban, haciendo un montón de silenciosas preguntas que él comprendió perfectamente. Llegó a empatizar con ella, llegó a sentir la angustia de la chilena como propia, pero prefirió voltearse para no tener que soportar más tantas preguntas que le hacían esos ojos llenos de lágrimas tras esas empolvadas pestañas.
- Quiero ayudarte. - Dijo secamente él, sin mirarla.
- Humberto, te digo exáctamente lo mismo que le dije al otro imbécil. - Habló obstinadamente.
- Por favor... - Habló casi rogándole
- No. Ni aunque me dieran todas las tundas del mundo voy a ceder. - Chilló.
- ¿Y si te llevo a la zona de desastre? - Negoció.
Dió en el blanco, por dónde podría ir negociando. Durante más de quince minutos se hizo un silencio casi sepulcral en la sala, ella pensaba quietamente la propuesta del centroamericano, allí tenía la oportunidad perfecta, pero debía de preparar su mente para ver lo siguiente, sabía bien que lo que viera la podría dejar peor emocionalmente, pero era mejor corroborar con sus propios ojos.
- Está bien. - Lanzó serenamente ella. O al menos así lo hizo parecer.
- Bien, nos vamos en un rato. Daré aviso, pero... Aceptás la ayuda externa, ¿va?
- Claro. - Dijo más bien agotada.
Dicho y hecho, en dos horas estuvieron en la desolada ciudad de Talca. Aquel paisaje produjo un sentimiento de incomodidad en ambos, pero más en ella, al ver su querida tierra así. Ella reprimió un sentimiento nauseabundo en su garganta y él sólo se lmitó a aclarse la garganta. Respirar era algo pesado, más con todo el polvo en el aire. Siguieron recorriendo, al comienzo él empujaba una silla de ruedas, pero luego, por culpa de tanto escombro, se hacía difícil transitar, así que, para no romper su parte del trato subió a su "hermana" sobre su espalda y siguieron recorriendo la zona, ver a tantos ciudadanos sufriendo le arrancaba el corazón a pedazos a ella. Humberto supo que ella lloraba al sentir que el brazo de ella se ceñía con algo de brusquedad sobre sus hombros y cuando las tibias lágrimas de ella rozaron su cabeza. Decidió dar la media vuelta y regresar a un punto más seguro, justo en un momento de réplica. Ella dejó escapar un gemido ahogado de dolor.
Ese mismo día la llevó de regreso a la capital, en el camino no se dijo palabra alguna, pero no pudo quitar la vista de esos ojos grises, llenos de lágrimas, de esa mano lastimada que amasaba nerviosamente una de las puntas de la bata. De cuando en cuando ella misma se limpiaba las lágrimas que se rodaban por sus mejillas, a veces se escuchaba algún sollozo, pero ella no iba a admitir que estaba llorando. Él suspiró y se limitó a tomarle la mano y a acariciársela, tratando de confortar a esa, ahora, niñita asustada. Ante el gesto ella rompió en amargo llanto, desconsolada, aterrada.
- No sé qué mierda hacer... - Se mordió los rabios, llena de ira
- Lo de siempre, levantarte otra vez... porque a ti ni por todas las tundas del mundo te hacen bajar la cabeza, ¿verdad?
Sus resecos labios esbozaron una débil sonrisa.
- Gracias. - Murmuró.
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