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Era obvio que no íbamos a poder salir... la lluvia parecía no querer amainar por nada. Bueno, ni que me gustase salir, pero... Hubiera valido la pena... con ella. ¡Ah! ¡Qué ganas de maldecir esta lluvia!
She
Estoy que le digo "vamos, me gusta la lluvia", pero no quiero decir nada. Soy anticuada y prefiero que él dé el primer paso y me diga "vamos". ¡Yo iría más que encantada!
¿Quién lo diría, ah?
Él que se afirmaba la cabeza a dos manos, quería y no quería salir. Ella que le lanzaba miradas, que él mirase, que le dijera "vamos", pero sólo había silencio. Ya una muy tímida, ya el otro muy seco. Y dos tímidos no se entenderían mucho. No se entenderían nada. Los ojos de ella miraban la lluvia sobre los cristales y él no dejaba de observarla, de estudiarla. De pronto recordó esas palabras de ella "Algún día, me gustaría ser besada bajo la lluvia", entonces ahí tuvo la idea.
- ¿Vamos a caminar?
- ¡Claro! ¡No llevemos paraguas!
- Está bien.
Caminar al lado del puerto en días de lluvia, daba una sensación de vértigo, pero de libertad. Ellos a un lado, el mar rugiendo al otro lado, azotado por la lluvia torrencial, lluvia con aroma a sal. Ella iba más adelante, caminando con los brazos abiertos, dejando que el agua de lluvia mojase su cara, iba dando giros, riendo. Sin embargo esa risa no sonó sincera, sonaba como el arullo de las olas, cuando el mar está sereno... Sollozos, leves, fácilmente confundibles con carcajadas, pero ella no reía. Él lo supo, la conocía como a la palma de su mano.
- ¿Sabes qué me gusta de la lluvia? - Comenzó ella, dejando lentamente de girar - Puedes llorar y nadie se dará cuenta. Y cuando la lluvia y el viento son fuertes, puedes sollozar, nadie te oirá, nadie se dará cuenta.
Cada palabra le punzaba el pecho, oírla hablar de un modo tan hermoso y melancólico resultaba doloroso. Quería abrazarla, pero algo se lo impedía.
- Es odioso que la gente te vea llorar. - Dejó de girar sobre sus talones, pues estaba frente a él y tanto era que se podía distinguir qué eran lluvia y qué eran lágrimas. - Más odioso es admitir uno mismo sus flaquezas. ¿Tú vas a llorar?
- Yo voy a llorar el día en que te pierda.
- Entonces... ¿Jamás vas a llorar? - Ella ladeó su cabeza
Él la abrazó con fuerza mientras el reloj de la iglesia daba cuatro campanadas, las cuatro de la tarde. La abrazó y lloró, como si nunca jamás en su vida lo hubiera hecho. Ella no se alteró ni nada, simplemente, con gentileza, lo abrazó. La lluvia comenzó a parar.
- Ea, vamos, que sale el sol. - Soltó una risa y lo tomó de la mano.
Y en ese momento dejó de llover.
- No vas a perderme. - Dijo ella. - Yo no lloré de tristeza, lloré porque creo que no te merezco, has sido demasiado para mí. Pero seré egoísta y me quedaré contigo, ¿Te parece?
- Me parece. - Afirmó él.
- Sonríe, que la lluvia ya se fue.
Apuntó con uno de sus níveos dedos al cielo. En efecto, no llovía.
Con todo amor a mi Tsu, en este día de los Enamorados ♥
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